Sunday, November 09, 2008

Sobre el movimiento


Nada de lo que somos se encuentra fuera de la existencia. Suena obvio, pero, la verdad es que rara vez actuamos acorde a lo anterior. De hecho casi nunca. Somos como una gota de agua que insiste en ser independiente del océano en el que vive. Bajo ese comportamiento confundido, cada acto, palabra o pensamiento surge como si fuese lo único que existiese. Hay un gusto por esa sensación. Esa idea de que estamos aquí y todo gira alrededor de nosotros. Sin embargo, lógicamente el universo y sus naturales procesos continúan su movimiento. Las olas se mueven a pesar de nosotros. Debido a este aislamiento inconsciente en el que nos encontramos, percibimos el universo y su contenido de una forma perturbante. Nos resulta molesto. Pensamos que ese movimiento es en realidad una corriente profunda que pretende diluirnos.

Pronto encontramos una solución (aunque temporal). Lo que hacemos es prescindir, ignorar, excluir y silenciar todo movimiento que atente contra nuestra forma de ser.

Prescindimos de él, de ella, de cada ser humano contrario a nosotros. Incluso de nuestros propios pensamientos lógicos que surgen de forma natural y que percibimos como contrarios a nuestra naturaleza. Y si acaso las opiniones externas que atentan contra nuestra existencia, resultan coherentes y convincentes, las silenciamos de forma verbal, física o mental. No importa. Tarde o temprano encontramos la armadura perfecta contra todo lo que se mueve afuera de nosotros. No nos importa que tan grande sea nuestro esfuerzo, que tanta energía desperdiciemos, que tantas heridas nos hagamos, siempre logramos ser impenetrables, inmovibles ante cualquier movimiento contrario.

Cada individuo es así. Cada uno, en mayor o menor grado, va por la vida impregnado de defensas para proteger su forma de ser.

Pero repito: nada de lo que somos se encuentra fuera de la existencia. Por lo mismo, es absurdo hablar de una forma de ser independiente de la existencia.

Supongamos que nos encontramos parados en el centro de una balanza. Todo está bien, todo está tranquilo, equilibrado. Pero, supongamos que por curiosidad o aburrimiento, nuestra forma de ser se inclina al lado izquierdo de la balanza. Como es de esperarse, ésta se moverá. El extremo derecho subirá y el izquierdo bajará. Nos damos cuenta de que a nuestra forma de ser le gusta esta sensación de caer. Luego lo intenta de nuevo pero ahora hacia el otro lado. Conforme pasa el tiempo, nos balanceamos de un lado a otro, pero pronto se vuelve aburrido. Rotamos poco a poco y de repente el movimiento se vuelve un sube y baja giratorio. De repente el movimiento de nuestra forma de ser nos da vértigo. Queremos detenerlo pero esto es imposible en un inicio porque la energía kinética de nuestra forma de ser se ha acumulado y, por lo mismo, es dificil detenerla. No obstante, con mucho ezfuerzo, logramos calmar las agitaciones. De nuevo, nos encontramos en el centro. Todo está tranquilo de nuevo.

Obvio, nuestra forma de ser se aburrirá y de nuevo y se aventurará a jugar al sube y baja. Como es de esperarse, de nuevo todo se volverá un movimiento sin control.

Recordemos que no estamos separados de la existencia. Es absurdo hablar de una forma de ser separada de la existencia. Una vez comprobado lo anterior, nos damos cuenta de que cualquier movimiento afectará todo lo incluido en la balanza. Si bajamos, todo lo que está en el otro extremo subirá. Algunas circunstancias descenderán y otras ascenderán. Lastimaremos a los que no quieren bajar y bajan a fuerzas, y a los que no quieren subir y suben obligados por nuestros deseos de movernos.

Y todo por la suposición de que nuestra forma de ser es independiente de este océano llamado existencia.

Se volverá una costumbre nuestro movimiento. Nosotros mismos también saldremos afectados. Caeremos cuando no queremos caer ya que por costumbre nos asomamaremos a uno de los lados de los precipios y resbalaremos, y subiremos cuando no querramos subir sólo porque nuestra forma de ser, por costumbre, piensa que subir es lo correcto.

Esa vida no es vida.

Hay algunas almas afortunadas por ahí que son libres de la esclavitud de su forma de ser. De hecho, ni siquiera se preocupan por el movimiento que ocurra. Al contrario, disfrutan cualquier ola ontológica. Saben que en el movimiento infinito sobra querer crear más movimiento. Las crestas y valles son incesantes y multidireccionales, entonces ¿para qué crear más?

Saben que esta dichosa forma de ser nociva es un movimiento más. Y por lo mismo, ni siquiera lo reprimen. Es imposible detener el movimiento con más movimiento. Saben que lo anterior no significa justificar más movimiento nocivo. Simplemente dejan que éste se apacigüe poco a poco.

Y si las aguas cambian su naturaleza, si las corrientes toman otro curso, no importa. Si la ola es pequeña, grande, violenta o serena, no importa, ellos saben que su forma de ser es agua y no roca.

Una vez más... Nada de lo que somos se encuentra fuera de la existencia. Y ésta, nunca deja de moverse.

3 comments:

Jorge Pedro said...

pero ¿por qué la evolución nos ha dotado de capacidad de adaptación si todo está en movimiento? ¿no parece una crueldad?

Alex Serrano said...

La crueldad sería carecer de la capacidad de adaptación. La capacidad de adaptación es la habilidad que describo. En lugar de ser PERMANENCIA, es mejor ser IMPERMANENCIA, pero no forzada, sino natural y espontánea.

¿Por qué dejar de adaptarnos? Pareciera que nuestra necedad es inadaptarnos, atorarnos, resistirnos, etc.

Jorge Pedro said...

uno se acostumbra a algo, y llega otra cosa. y uno se acostumbra a esa otra cosa y entonces llega algo más. y así siempre. es horrible. pero es supervivencia. o sea, la vida misma. y la vida es horrible. y también muy luminosa. en fin. saludos.